Elena Garro I

Hoy les voy a hablar de para mi la mejor escritora de lengua castellana, desde la madre patria me dirán que es herejía lo que estoy diciendo, para mi defensa diré que es la creadora del realismo mágico, que García Márquez se adjudico como su creación, pero no, y ahora demostraré con fechas.

Elena Garro no fue la esposa de Octavio Paz, Nobel mexicano, escritor muy cercano al PRI y los círculos más reaccionarios. Elenita Garro era La Garro, mujer de gran talento y a diferencia del Nobel, muy comprometida con los indígenas mexicanos y las injusticias que desde la revolución se siguieron perpetuando.

Una de las razones por las que Elena Garro se la envío al ostracismo, fue precisamente por sus ideales y su activismo, defensora de los derechos de los indÍgenas y una muy polémica participación en el movimiento estudiantil de 1968, donde hubo más de 10.000 estudiantes asesinados por el ejército mexicano y que a día de hoy no se ha hecho justicia alguna.

Polémica, ya que Elena recomendó que no se hiciera la famosa manifestación donde les asesinaron, así que el mismo movimiento estudiantil la percibe como traidora, ella se desliga de esta manifestación así como del movimiento estudiantil.

Pero hubo mas razones y como mucha gente de talento, esa fue una de las principales. Elena tenía un estilo novedoso, fresco y bastante reivindicativo, todo dentro de la elegancia de la técnica y era algo nuevo dentro del mundo literario hispanoamericano. Aunque fueran finales de los sesentas, con la liberación sexual y la píldora, todavía era polémico que una mujer fuera escritora.

Yo me acerqué a su maravilloso mundo gracias a mi maestra de teatro, una gran impulsora de la identidad cultural, alejados de los modelos artísticos occidentales, tuve la fortuna de representar mi penúltimo examen una obra maravillosa: El árbol

Como dramaturga, para mí,  era extraordinaria, sus textos están llenos de poder y sus escenarios son pura magia, es un universo, lleno de fantasía, pero también de dolor.

A diferencia de otras piezas que hablan del mundo indígena, prehispánico actuales, nos ninguna romantización de la condición de los indignes, si no todo lo contrario, se desvela como una fantástica cosmología, intentando recrear la antigua.

Un mundo donde se denuncia y desvela, el destierro por medio del desprecio, la explotación y el racismo a los indígenas, retratados como personas, más que como salvajes, con una cultura y pasado que siguen presentes a pesar de los años que se ha querido enterrar en el olvido. Sin olvidar su visión sobre el profundo mundo femenino, también lleno de injusticias y dolor donde nos muestra una maternidad distinta del mundo criollo. Espero os guste

¡Y aquí fue donde la maté!
Al decir esta frase, su voz y su rostro adquirieron sus rasgos infantiles. La mató y lo decía con ese aire inocente. Se arrepintió de haber sido suave en su trato con los indios: sentada a sus pies estaba la prueba de su error. La vieja repugnancia criolla hacia lo indígena se sublevó en ella con violencia. ¡No merecían sino latigazos! Miró a la india y se sintió segura, atrincherada en sus principios.
—¿Y por qué la mató?
—Porque andaba diciendo cosas…
—¿Qué cosas? —preguntó otra vez con dureza.
—Pues cosas… que andaba yo con su marido, y yo ni lo conocía… —al decir esto, sus ojitos se iluminaron: carecía como la mayoría de las mujeres del sentimiento de culpa. Ella era inocente frente a Julián, frente a la muerta y frente al marido de la muerta. Marta la miró con ira.
—¡Ni lo conocía…! Ni nunca lo vi y ella decía cosas… —afirmó rascándose la cabeza, para convencerse de la verdad de sus palabras; luego levantó el dedo índice:
—¡Mira, mujer, no andes hablando, no sea que halles el silencio en mi cuchillo! Así le dije, y no me hizo caso. ¿Cree, Martita, que no me entendió? Entonces la fui a buscar al mercado, a la hora en la que todas vamos a comprar. ¡Y estaba bonito! Lleno de cebollitas, de cilantro, de limas. Me puse a un ladito de las mujeres que venden las tortillas y como ellas están arrodilladas, la vi venir. La muy ingrata venía columpiando su canasta bien llena de fruta, y me dije en mis adentros: «Ya vas a callar, paloma…», y le enterré mi cuchillo.
Luisa dejó de hablar. Marta tuvo la certeza de que sus silencios eran premeditados. Asustada, respiró el aire pesado que las palabras de Luisa acumulaban sobre sus cabezas.
—¡Ay!, Luisa, ¿y cómo tuvo valor para hacer una cosa tan horrible? ¿Cómo se puede enterrar un cuchillo…?—Y me salí del mercado y bajé la calle corriendo… Todavía llevaba yo el cuchillo en la mano, cuando me metí en la casa donde me agarraron. ¡Iba bien lleno de sangre!
—¿No se lo dejó clavado?
—No, Martita, se lo saqué porque era mío. ¡Y estaba bien lleno de sangre…! ¿Cree, Martita, que alcanzó a salpicarme…?
Con la punta de los dedos acarició la hoja del cuchillo, levantó los ojos y los fijó en los ojos de Marta. Se rascó la cabeza como para ahuyentar un pensamiento y volvió a acariciar el cuchillo, extraviada en sus recuerdos.
—Uno tiene harta sangre… somos fuentes, Martita, hermosas fuentes… Así quedó ella, como una fuente en la mañana del mercado… ¿Ve, Martita, una mañana, con su mercado y su hermosa fuente…? —su voz volvió a esconderse en el tono infantil. Sonrió afable.

 

 

 

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