Este será el último relato que haré sobre el libro de la actriz, artista y activista Madison Young, quería introduciros en estas nuevas generaciones que estamos haciendo contenidos responsables y aireando los prototipos machistas que vemos en el cine pornográfico convencional. Espero que disfrutéis de este último relato de Papi.

Tras veinte minutos de iluminación en el estudio de producción, sentía correr el sudor por mi cara y eso apelmazaba mi pelo húmedo a un lado. Peter me abofeteó la cara colorada y sonreí, mis ojos se iluminaron, quería más.

-Vaya, parece que esto te ha gustado, ¿No?

Peter empezó a dirigirme en círculos y yo ,intentaba seguirle, pese a los grilletes.

-A ver que tal te portas con algo más de cuerdas y unos buenos latigazos.

Peter agarró varios manojos de cuerdas color almendra que descansaban en rollos apretados. Observé la cuerda mientras el maniobraba el material familiar, enrollándolo en torno a mi cuerpo con firmeza. Era como abrazar un amante habitual, la cuerda creaba tensión sobre mis costillas y mis pechos ,y yo suspiraba y ronroneaba como un gato. Hundí el rostro en la cuerda para sentir las fibras  contra mis mejillas y labios y entre mis dientes. Bajé la cabeza en señal de reverencia e inhale el olor profundo de las fibras naturales de yute. Me perdí en una liberación eufórica, a medida que las endorfinas atravesaban mi cuerpo excitado y estimulado.

Me había enamorado, mi cuerpo entero se estremecía por anticipado al siguiente contacto, necesitaba más.

Algo se había soltado en mi, cuando la siguiente cuerda mordió mi carne, me liberé, me liberé de la ansiedad y me sentí completamente consciente de mi misma a la vez que totalmente ausente. Mi cuerpo cayó en las fibras de la cuerda, empujándola, buscando los puntos de mayor tensión y de más debilidad, girando en puro deleite. Sentí la punzada de un látigo subir por mis muslos. Mi cuerpo parecía ser de mantequilla y el látigo me atravesaba como un cuchillo. Gemí con cada golpe, bailando en los azotes más intensos, sin saber como contestar, si llegué a acompañar el movimiento o luchar contra el castigo. Y no parecía un castigo;  más bien, un puro éxtasis, como si cada una de las estrellas del cielo se hubiera acercado una a una, a tocarme. Me sentí repleta de gozo y mi cuerpo entero se abrió para recibir la experiencia.

Justo cuando pensé haber alcanzado la cima Peter saco una Hitachi Magic Wand. Lla cabeza del vibrador blanca y redonda, similar a una pelota de tenis, aterrizó directamente sobre mi clítoris. Cuando recobré el aliento sentí la oleada del orgasmo llegar a mi cuerpo, mientras los eróticos olores de las cuerdas y el sudor, flotaban en el aire provocándome un desvanecimiento y un temblor violento, me contorsioné, hasta abandonarme por completo.

-Muy bien ya estamos, Simone ¿Puedes traerle.. ¿Cómo te llamas?

-Madison- susurré. Mi nombre sonó real y natural, sacado de mi primer encuentro con las cuerdas, eso era lo que me había calmado en el Madison Tree Service, mucho antes de que desarrollara cualquier consciencia de mi sexualidad.

-Bien, bien. Madison. ¿Podemos traerle a Madison un vaso de agua? Matt, ¿por qué no desatas a Madison y guardas las cuerdas por mi? ¿Cómo te sientes querida?

Me sentía mareada, eufórica y totalmente desbloqueada. De la misma forma en que se siente una tras una sesión de sauna o de meditación muy profunda, con el añadido húmedo y resplandeciente del orgasmo. Inspiré profundamente, con el cuerpo tan blando como el algodón. Me llevó un rato reunir mis pensamiento y poder formar una frase.

-Me siento maravillosamente bien. Gracias, Amo.

-Bien, bien. Eso es lo que me gusta oír. ¡Esto es lo tuyo, sin duda! Madison, ¿verdad? Cuando vuelvas arriba dile a Mackie que me gustaría contar contigo para otras webs: Water Bondage y Whipped Ass. ¿Estás libre el mes que viene? Nos vamos a rodar a Cabo, en México, y me encantaría que te unieras al viaje.

Asentí en señal de afirmación, asimilando la información y viendo como se movía la boca de Peter. Hacia tan solo unas horas no sabía que iba a ser de mí, y ahora tenía los dos próximos meses comletos, antes incluso de que terminara el día. Doblé el cheque de 800 doláres y me dirigí directamente al banco para cobrarlos y dejar el dinero del alquiler en el buzón de mi casero.

Cuando atravesé los rayos del sol de California, vi una carretera abierta hacia a mi. Tampoco me hubiera sorprendido levantar la mirada y ver pájaros de dibujos animados persiguiéndome. Tuve que luchar contra e deseo de precipitarme hacia el cielo azul. Mienras volvía a la galería daba brincos, sintiéndome un paso más cerca de mi hogar, de la completa seguridad. Si las cuerdas no me llevan hasta Papi, nada lo haría.

Papi, Young Madison, Ed. Melusina, 2016

 

 

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